V

El gran final

  Justo unos días después de aprobar Clínica de grandes – mi último final – venció la prórroga tantas veces renovada “por estudios”, para postergar el famoso Servicio Militar que debería haber cumplido a los 18 años; ahora debía presentarme con 27 recién cumplidos... y recién recibidito.

  Todos mis compañeros de estudio ya habían zafado o ya habían sido incorporados y también dados de baja después de cumplir con esa terrible obligación.

  Esta dilación mía se había ampliado un poco más de lo esperado, justamente por el atraso que sufrí en dar ese famoso examen de Clínica de grandes.

  En mi primer intento no lo logré, y al perder mi virginidad en el último examen final de la carrera, pasé por un cuadro depresivo que me tuvo prácticamente sin sonreir durante un buen tiempo.

  Al proponerme estudiar más profundamente para una segunda oportunidad, me encontré con la terrible realidad de tener que preparar una materia de la forma en que nunca lo había hecho: SOLO!

  OH! Qué tragedia. Sentado frente a los apuntes, no podía concentrarme ni siquiera durante unos minutos. Cómo extrañaba al grupo de amigos a los que les hacía la vida imposible, pero gracias a los cuales el estudio era parte de la diversión diaria. Hasta las puteadas que recibía cuando interrumpía lecturas fluídas me hubieran levantado el ánimo.

  Cómo recordaba los días en que, encerrados en la casa del turco Homse, en la calle Obligado, en Belgrano, el enano Nucífora, el CHORI Carrizo y yo, formábamos una especie de secta que convivía en el desorden de libros y apuntes. Ya cuando el caos amenazaba nuestra existencia, llegaba la mamá del turco desde General Pintos, y en un santiamén todo quedaba ordenado, reluciente y totalmente habitable por un nuevo ciclo lectivo de 2 ó 3 semanas. De paso, en su breve estadía, nos dejaba como para recordarla, enormes cacerolas repletas de deliciosos almuerzos recalentables.

  Hasta sentía añoranza de cuando mis 3 amigos, hartos, me echaban de la pieza aduciendo que yo no les “facilitaba” memorizar. Yo emigraba en una especie de Berlín a otra habitación, hasta que después de un rato me permitían volver al grupo. Durante ese desalojo forzado, me encontraba con el grupo de estudio de Medicina del hermano mayor de los Homse, Daniel, o con los compañeros de la hermana del turco que estudiaban Arquitectura. Tan sólo me miraban y ya sabían que había vuelto a las andadas.

  Y así seguía delante de la misma página del Blood-Henderson o del Manual Merk, recordando los buenos momentos. Simplemente no podía estudiar así, en silencio, formalmente, normalmente. En vez de leer, repasaba mentalmente lo entretenido que había sido preparar el final de Fisio, tirados bajo un árbol, delante de la granja con el Gordo Gagliano, el locutor Dias Colodrero, Viyi Ferrari y el gran Isabelino Soler, que siempre llegaba tarde con su Valiant.

  O lo divertido que había sido preparar el examen y el famoso herbario de Práctica Agrícola con el Gordo Hallú, con su risa fácil y contagiosa. O con el flaco Navas, siempre disponible para seguir con las bromas; o con las frecuentes rabietas de Pastoriza cuando nos reuníamos en su casona de Villa Urquiza.

  Así, a los tirones, añorando y recordando, iba estudiando y memorizando en total solitario, mi última materia.

  Y así, una mañana gris, me encontré en el picadero parado “en capilla” esperando que me llamaran a rendir. Recorría con la vista el entorno que tantos recuerdos me traía.

  Allí estaba el pabellón de Técnica quierúrgica en donde varios años atrás, durante un recreo del curso de Ingreso, espiando un trabajo práctico por la puerta entreabierta, había decidido cambiar de carrera: de Agronomía a Veterinaria.

  Veía con nostalgia el edificio del tambo de la granja que tanto esfuerzo nos había costado poner en funcionamiento durante la huelga.

  Allí estaba el anfiteatro de Clínica de Grandes, donde aún en los teóricos más magistrales, dormitaba más de uno de nosotros.

  Recordaba mi examen final de Obstetricia, cuando a sabiendas de lo superficial de mis conocimientos sobre manejo reproductivo de rodeos y majadas, debí intercalar en mi charla, palabras en alemán, frente al Dr. Ostrowsky. Germánofilo reconocido, terminamos enseguida charlando en alemán, lógicamente, de presuntos parientes en común...

  De pronto, al escuchar mi apellido, volví a la realidad; llegaba el momento del último final.

  Hablaba ahora monótonamente con el viejo Dr. Vallejo sobre la Actinobacilosis y sobre la Coccidiosis de los terneros. Sin tribuna, sin público, sin hinchada, el examen aburría incluso a la vieja Vaca en la que se apoyaba con el codo el viejo profesor.

  De ahí, a lo de Cipione con sus caballos, a mi flojo monólogo sobre patologías de la ranilla y tratamientos del cólico y de iridiociclitis.

  Apenas con lo justo y necesario, me aprobaron el letárgico e intracendente examen.

  Quién iba a imaginar que pocos días después iba a tener a mi cargo y cuidado a los 400 caballos de todo un regimiento.

Fitoschuller.

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