IV
Tanto
va el cántaro...
La entrañable amistad y el continuo contacto con el CHORI Carrizo duró
por muchos años, pero a medida que pasaba el tiempo, ésta hermandad se iba
deteriorando y erosionando; hasta que al final, terminó por apagarse la pequeña
llama que permanecía encendida gracias a tantos buenos momentos compartidos.
Y no fue precisamente el hecho de que él decidiera buscar nuevos
horizontes en la Patagonia, lo que nos alejó definitivamente.
Al poco tiempo de haber instalado mi veterinaria, llegaron a saludarme
Carrizo y Nucífora, y de paso me enteraron que también se iban a instalar en
esa misma zona – a varias cuadras de distancia, por supuesto -. Y así ocurrió.
Convencido estaba yo de que mucho les debía a ambos y así los recibí con una
dubitativa bienvenida. La sociedad entre ambos no duró demasiado: el enano
“crecía” en Liniers (profesionalmente desde luego) y Carrizo quedó solo al
frente de su consultorio. Tal vez porque tenía otro trabajo en un frigorífico
o simplemente porque siempre fue así, desatendía a su flamante clientela y
después de un par de años decidió emigrar al partido vecino. Allí, una vez
instalado, invirtió en un equipo de rayos X – una buena novedad para ese
entonces -.
Hasta ese momento, las radiografías las sacaba un radiólogo de humana
que de día atendía a los ancianos del Pami (el recordado Bienestar Social), y
a la noche, en las penumbras, hacía el “favor” de transparentar a los
pacientes caninos y felinos. El dueño del animalito debía entrarlo en su
consultorio a escondidas, pues nadie debía enterarse de la terrible contravención
que allí se desarrollaba cuando caía la nochecita.
Recibí con cierta alegría la noticia de la mudanza del CHORI y junto a
otros colegas vecinos, nos entusiasmamos al comenzar a recibir sus placas,
prolijas y nítidas, y sobre todo bien informadas.
Ya para ese entonces, había varias veterinarias funcionando en la zona,
y todas de sacaban las dudas profundas con “una plaquita” en lo del colega y
amigo.
Por
un buen tiempo todo marchó como sobre ruedas; hasta que de a poco notamos que
algunos casos no volvían a nuestro consultorio después del Roetgen-Tour. Al ir
a preguntar al hogar del paciente, lo hallábamos con una brillante férula o un
inmaculado yeso, firmado por: ¿quién lo hubiera imaginado?
De todos modos, en haras de tantos buenos momentos pasados juntos, decidí
ser tolerante. Tantos días, tantos años, reunidos estudiando en lo del turco
Homse; tantos nervios compartidos esperando que nos llamen a dar el final,
charlando en el viejo Chevrolet 400; tantas puteadas recibidas por todos, cuando
yo interrumpía momentos de concentración con alguna salvajada que rompía el
clima de altos estudios. Si hasta de vacaciones en carpa habíamos salido; y ni
hablar de trasnochados asados, largos almuerzos en la Cueva, charlas sobre
novias y hasta un año viviendo en la granja, durante la Huelga Grande. Pero
sobre todo, de risas y alegría. Más que hermanos!
Todo esto ameritaba otra oportunidad!
Y así fue, que pasaron varios años más, en una paz delicada y muy
meditada. Volvimos al Pami y a las penumbras radiográficas.
Pero finalmente, todo lo apuntalado se derrumbó. Una tardecita, como otras veces, el CHORI llegó a mi casa y al atenderle la que era mi mujer y decirle que yo no estaba, mi viejo amigo le contestó que justamente, no era conmigo con quien quería hablar...
Fitoschuller.
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