III
“Mutis
por el Foro”
Apenas dado el último final (grandes) que me retrasó un poco, tuve que
hacer la colimba, tantas veces postergada; pero ésa es otra historia (muy
divertida por cierto). La cuestión es que apenas salí de baja de Granaderos a
Caballo, iba todas las tardes a la casa de Nucífora, en Liniers, donde el enano
junto al CHORI Carrizo, hacía unos meses, habían instalado un pequeño
consultorio de barrio al que, afortunadamente, concurrían muchos vecinos; y así
los dos se fogueaban y se esmeraban en hacer buena letra.
Yo aprovechaba las tardes haciendo de “oyente” en ese lugar, poniéndome
más ducho en el manejo de los medicamentos para pequeños, que en la Facu sólo
había escuchado por sus fórmulas y no por sus nombres comerciales ni sus
dosificaciones. También pretendía aprender de mis buenos amigos acerca de la
parte comercial de la veterinaria, sobre el trato a los clientes y las
relaciones públicas.
Mientras asistía al consultorio de lunes a viernes, los fines de semana
aprovechaba para buscar algún pueblo o ciudad adonde hiciera falta un
veterinario. Buscaba dónde atender grandes y pequeños por igual. Así fui
descartando Villa Gesell, San Andrés de Giles y Villa General Belgrano, en Córdoba.
Fue justamente en la vieja casona de Liniers donde un día, un visitador
de la distribuidora de medicamentos Jenner, mencionó cómo al pasar, que en José
C. Paz - Pcia. De Bs. As. - no había
veterinario y que en su lugar, un curandero ejercía hacía muchos años.
De más está decir que dos días después, estaba yo corroborando en el
lugar que el dato era cierto. Para verificar la situación acéfala en cuanto a
un profesional veterinario, recorrí el pueblo con un gato en un canasto en el
asiento del acompañante de mi viejo Citroen... Así, entre maullidos,
preguntaba a los vecinos, a los comerciantes, a los taxistas y a los pibes adónde
podía encontrar un veterinario en forma urgente. Todos me indicaban al
famoso curandero y aclaraban que si quería algo más confiable, debía emigrar
al pueblo vecino - San Miguel – donde ya tenían su consultorio verdaderos
profesionales.
Una semana después, ya había alquilado mi primer local y pintado a la
cal las paredes del consultorio.
Desde entonces, siempre trabajé en esa zona, aún con mucha competencia;
incluyendo el recién inaugurado “Hospital Municipal de Mascotas”, especie
de adelantado gratuito que pronto tendrá sus similares en cada partido de la
provincia de Buenos Aires – para el disgusto de todos los colegas.
En realidad, creo que mucho le debo a ese viejo visitador de productos
veterinarios con su dato tirado como al azar...
Pero volvamos a la casona de la calle Ramón Falcón, donde sin carteles
estridentes ni vidrieras ostentosas, dos veterinarios ejercían con pasión sus
primeros pasos, y un tercero, yo, trataba de asimilar y absorber cada pequeño
detalle del difícil arte de curar mascotas, sentado en un rincón, detrás de
un minúsculo escritorio y cumpliendo mi parte del trato: sólo escuchar y ver,
sin abrir la boca!
En el pequeño consultorio, tal vez por una cuestión de espacio físico
o bien para evitar discusiones o distintos criterios, sólo trabajaban de a uno;
hoy el Nuci, mañana el CHORI y así sucesivamente.
Fue en una de esas tardes que se presentó a la consulta un matrimonio
mayor, muy amables ambos y muy sociables, con un lorito en una enorme jaula.
Mientras los detalles sobre el estado de salud del paciente eran explicados
minuciosamente por sus dueños, el CHORI Carrizo escuchaba sólo a medias acerca
de las toses y lagañas: había sido hipnotizado por los tiernos ojos del loro,
a través de los barrotes de su jaula.
Así fue, que con mucha decisión, el CHORI introdujo su mano por la
puertita y tomó al paciente delicadamente. Una vez afuera, el ave traicionera
cerró su pico-tenaza sobre el dedo índice con tal fuerza, que ya libre su
cuerpo, el loro, enfermo pero fuerte aún, seguía pendiendo del dedo de
Carrizo.
El alarido y el instintivo “Puta Madre” retumbó en el cuarto. Para
liberarse, el buen doctor hizo un violento movimiento con el brazo, como cuando
en el colegio pedíamos algo urgente levantando la mano.
Por el impulso, el pobre animalito fue a dar contra la pared opuesta,
quedando su cuerpecito inmóvil, aplastado contra el revoque durante una fracción
de segundo que pareció un siglo. Qué ironía, justo ahí, al lado del
impecable diploma del profesional-criminal. Comenzó luego a deslizarse por la
pared hacia el suelo, también muy lentamente, dejando en el muro una
inconfundible línea vertical de color rojo.
Y ahí sucedió lo peor, cuando el CHORI recogió el cadáver y como
quien prueba un reloj, sacudió al lorito al lado de su oído, y al no obtener
vaya a saber qué respuesta, con total naturalidad, pisó el pedal del basurero
y allí arrojó los restos emplumados del ex-paciente.
Justo mientras yo salía silenciosamente de la habitación, las manos del anciano rodeaban el cuello del doctor CHORI Carrizo...
Fitoschuller.
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