I

Mi primer paresia posterior

 

  Corrían en esa época los primeros días de profesión con la veterinaria recién instaladita, todo a pulmón, todo impecable y brillante gracias a los largos ratos de espera de los primeros pacientes.

  Aún en ese día de lluvia constante, la ilusión de ver transponer la puerta a algún cliente hacía que la espera no fuera tan larga ni tan amarga como los eternos mates tibiones.

  Y ahí se dio: a la tardecita entró una señora no tan joven ni tan vieja, pero lo suficientemente angustiada como para salir en esa tarde de perros a buscar a un veterinario.

  -‘Tengo el “peyito” mal y no pude traerlo’-

  Antes que terminara la frase, ya estaba yo con mi capa y el maletín, subiendo a la preocupada señora en mi primer fiel Citroen.

  Mientras hacía piruetas en el barro para llegar al humilde barrio, ella me relataba que su perro salchicha simplemente no podía mover sus patitas y se arrastraba por la casa.

  Al igual que en toda la zona de nuevos loteos, las casitas a medio terminar eran el símbolo del crecimiento de los límites de la ciudad sobre el campo.

  En las últimas cuadras, la calle de tierra se convertía en calle de pasto por los pocos autos que por allí pasaban. En mi mente exaltada repasaba tantas horas de lectura, estudio y explicaciones sobre espondilitis, espondiloartrosis o quizás una hernia de disco?

  En cuanto bajamos del auto, notó la amable señora que había perdido sus llaves, pero sin preocuparse demasiado, me llevó a la ventana de la cocina y a modo de grúa, trepó y entró fácilmente, invitándome a imitarla; justo cuando ya tenía yo una pierna del lado de adentro y tanteaba dónde apoyar mi pié, un vecino pegó el grito:

-‘EH! Quién anda ahí!’

  Con el susto y el apuro, mi pié se apoyó sobre un enorme fuentón de metal, lleno hasta el borde de ropa en remojo, que estaba apoyado en un banco de madera.

  Mientras el fuentón caía pesadamente sobre el pobre perro salchicha que descansaba justo ahí, en el suelo, y mientras el enfermo exhalaba su último quejido, prácticamente seccionado su cuerpo en dos partes por el borde de la palangana, se iluminó mi mente con el diagnóstico exacto: Sin dudas un típico  Síndrome de compresión medular brusca!

Fitoschuller.

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